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Sobre Luis Oscar

Luis Oscar

Nombre Completo: Luis Oscar Rodríguez Villarreal
Lugar de Nacimiento: Monterrey, México.

Obras por publicar:
1.- La Evolución de las Especies. La Conexión Divina.
2.- Acerca del Alma, las Emociones y el Instinto de Conservación.


1.- La Evolución de las Especies. La Conexión Divina.

Nota Importante:
En este artículo no voy a discutir acerca de la Selección Natural, ya que ese tema es un hecho incuestionable. La Selección Natural ayuda a los seres vivos a fortalecer su linaje tomando las mejores cualidades que ya poseen. En esta oportunidad voy a hablar de la Evolución, que es un asunto completamente diferente.

En éste, mi segundo título, presento evidencias que respaldan la idea de que la evolución de los seres vivos no ocurre precisamente “por la necesidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes de su entorno para sobrevivir”, según lo supone el darwinismo. Lo anterior se convierte en un tema controvertido cuando advertimos que esa necesidad de adaptación necesariamente tendría que surgir de manera individual en cada ser vivo en un momento dado, pero si consideramos que los cambios evolutivos toman cientos de miles o millones de años en ocurrir, entonces estaríamos forzados a inferir que cada espécimen de alguna manera tendría que heredar a su descendencia esa “necesidad” para seguir evolucionando poco a poco, generación tras generación, hasta que esta estirpe lograra obtener una determinada característica fisiológica que le permitiera superar aquella insuficiencia original. La hipótesis anterior se vuelve más compleja aún cuando nos encontramos que algunos seres parecen “visualizar” toda la solución para sus problemas desde el principio; algunas veces da la impresión que la evolución de algunos especímenes alcanza un objetivo específico, es decir, como si hubieran concebido de antemano la forma exacta que necesitaban desarrollar. Como ejemplo, mencionemos al famoso Oso Hormiguero; su cabeza alargada y su enorme lengua dan la impresión de haber sido construidas con el único propósito de alcanzar a las hormigas en lo profundo de su hábitat. “Primero el hormiguero y después la cabeza alargada del oso”, dirían algunos Darwinistas. Aquí podríamos tener un proyecto de construcción con fines evolutivos…

…pero el problema, desde luego, es que es prácticamente imposible sustentar que
un espécimen irracional pudiera ser capaz de concebir un proyecto y mucho menos
demostrar que pudiera transmitirlo a las siguientes generaciones.


Por otro lado, el ala dura del Darwinismo sostiene que la Evolución es el resultado de una incontable sucesión de accidentes genéticos, pero tal idea en realidad sería contraria al mismo concepto de “necesidad de adaptación” concebido por algunos Darwinistas más liberales, ya que las mutaciones fortuitas quizás no serían capaces de alcanzar ciertas tareas específicas que los seres vivientes requieren con el fin de superar circunstancias adversas. Aquí parece haber un desacuerdo entre los mismos Darwinistas que necesita ser resuelto.

Una buena analogía para describir la postura Darwinista clásica para la Evolución, basada en los accidentes genéticos, es la siguiente: ¿Qué pasaría, por ejemplo, si el famoso cuadro de la Gioconda se usara una sola vez para hacer una reproducción “original” (a mano) y que después de la copia se hiciera otra, y de esa copia otra más y así, sucesivamente, hasta que hubiera un millón de réplicas basada cada una en la copia anterior? Los Darwinistas dirían que si llegáramos a cotejar la última reproducción con la original, después de tantos pequeños errores sería imposible que fueran idénticas, lo cual me parece un argumento muy razonable e imposible de rebatir; efectivamente, yo también creo que veríamos a dos ejemplares de la Gioconda con grandes diferencias. Lo que no puedo aceptar es la idea Darwinista de que después de mil millones de transcripciones erróneas la Mona Lisa pueda terminar pareciéndose a Marilyn Monroe en bikini. La experiencia nos indica que después de N número de fallas lo más seguro es que la última copia sería más bien una pintura borrosa e indefinida ya que los errores y los accidentes solo pueden ocasionar caos y desorden.

En la primera parte de mi trabajo hago un estudio de animales, insectos y plantas que tienen la característica de mimetismo y que son capaces de tener un parecido asombroso con ejemplares de reinos completamente distintos. Un pez que parece piedra, flores que son como insectos e insectos que se confunden con ramas. Estos especimenes no parecen ser producto de la casualidad en absoluto pero, curiosamente, tampoco encajan del todo con la idea de que su desarrollo hubiera sido forzado por una circunstancia adversa que estrictamente hiciera contacto directo con sus cuerpos, es decir, no estamos hablando de un oso polar con la necesidad de obtener una piel grasosa por enfrentarse a climas helados o a un leopardo que tal vez requirió hacerse más rápido para alcanzar a sus presas, no, en este caso estamos tratando con ejemplares que muestran una evolución más misteriosa. El insecto palo (baculum extradentatum), por ejemplo, es un curioso insecto que es idéntico a la rama seca de un arbusto, lo cual le ayuda a no ser identificado por los depredadores. Si tratamos de imaginar los orígenes de este espécimen tenemos que inferir que en otra época debió haber sobrevivido con una morfología distinta a la actual (basado en la idea de que todo evoluciona y suponiendo que no apareció de pronto tal y como la vemos hoy) y, además, debemos presumir que gozaba de un modus vivendi más o menos satisfactorio en aquel entonces por la simple deducción de que existía (a pesar que su método para protegerse contra los depredadores hubiera sido mediocre). Lo que no resulta fácil comprender es porqué el insecto palo decidió transformarse en tan genial fisonomía, porque más que haber sentido fisiológicamente una necesidad apremiante, nuestro insecto parece haber generado un “deseo”, y más que un deseo, un capricho: ¡Quiso ser idéntico a un tipo de rama en particular!

Y esto no es todo. Hay otras especies que tampoco encajan con la hipótesis Darwinista. Tomemos como ejemplo a todas aquellas creaturas capaces de volar, ¿podríamos pensar que desarrollaron sus asombrosas alas porque de pronto se hubieran encontrado a si mismos enfrentando una caída vertical y en la necesidad de evitar el golpe?, obviamente no, por supuesto que no; estos ejemplares, antes de tener alas, originalmente tuvieron que haber permanecido en la superficie sobreviviendo de una manera o de otra, como cualquier otro espécimen de la primera era viviente y, después, en un momento dado –por una razón que es imposible de comprender- comenzaron a volar. Y aquí es donde aparece una interesante pregunta: ¿Quién diablos les dijo que volar era posible, después de todo? ¿De dónde sacaron esa loca idea si todavía no existía nada volando? ¿Cómo desarrollaron esa increíble ingeniería para volar si no había ningún modelo similar que copiar? En concreto, ¿por qué imaginaron que volar sería la solución a sus “problemas” cuando permanecer en la superficie no significaba necesariamente un problema? ¿O lo hicieron solamente para pasarla bien? En cualquier caso, todas las apariencias nos llevan a deducir que la habilidad de mantenerse en el aire de los seres voladores no fue provocada por ninguna necesidad de adaptación dada.

Pero volvamos al asunto de las mutaciones genéticas ya que el meollo del asunto parece ubicarse justamente en ese fenómeno que ocurre en las células; los textos científicos lo describen de la siguiente manera:

… “las mutaciones genéticas son fallas o errores que ocurren espontáneamente durante la reproducción de ADN que causan cambios en la secuencia de los nucleótidos”…(Tiamina, citosina, guanina y adenina)

La definición es esencialmente correcta, no obstante, las mutaciones espontáneas que la ciencia conoce son en su mayoría del tipo que conduce a la degeneración de las células, como el cáncer, pero este fenómeno debe considerarse como una involución o una evolución negativa más que otra cosa. También se han observado mutaciones que no necesariamente llevan a una degeneración de la célula; se cree que tales alteraciones genéticas son precisamente las que podrían derivar en transformaciones fisiológicas útiles (evolución positiva) sin embargo, esto no ha podido comprobarse fehacientemente ya que el principal impedimento para documentar una evolución natural tomaría miles de años, y la historia de la biología apenas comienza.

Lo importante es que aquí ya hemos logrado distinguir que los cambios genéticos pueden ser de dos tipos:

1.- Mutaciones negativas, que son degenerativas o involutivas
2.- Mutaciones positivas, que resultan en una evolución benéfica o funcional.

A nosotros lo que nos interesa es estudiar las mutaciones positivas ya que gracias a ellas la naturaleza ha llegado a este punto tan maravilloso pero al mismo tiempo, tan inexplicable.

De inicio, las mutaciones positivas enfrentan una paradoja difícil de resolver porque se requiere de una sucesión de millones y millones de “errores” y “accidentes” genéticos continuos para obtener, a final de cuentas, un resultado que de ninguna manera podría considerarse un error o un accidente. Por ejemplo, las probabilidades matemáticas para que al azar de accidentes genéticos a un pez le crezcan alas son prácticamente nulas, sin embargo, es innegable que en el caribe existe un pez volador que sí tiene alas y que vuela muy bien, razón por la cual estamos obligados a aceptar que dichas probabilidades “prácticamente nulas” ocurren frecuentemente, de una u otra manera.

Pero, entonces, ¿cómo podríamos resolver la paradoja en cuestión?

Por un lado tenemos la siguiente premisa: Las mutaciones genéticas que son espontáneas y accidentales no pueden producir cambios evolutivos funcionales en los seres vivos. (Deducción matemática)

Sin embargo, por el otro lado tenemos una segunda premisa: Las mutaciones genéticas positivas producen cambios evolutivos funcionales en los seres vivos. (La prueba es que existen seres vivos funcionando perfectamente)

En consecuencia, podemos extraer la siguiente conclusión: las mutaciones genéticas positivas no pueden ser espontáneas ni accidentales.

Esto es precisamente lo que he tratado de explicar desde el principio de este resumen: la Evolución positiva de las especies no puede ser obra de la casualidad. No obstante, la afirmación anterior tiene una enorme complicación porque aquello que no es espontáneo o accidental tiene que ser un suceso intencional y, para que esto último ocurra, es indispensable que sea pensado por una inteligencia.

Y aquí van a empezar los problemas.

¿Es la Evolución el resultado de decisiones inteligentes? Todas las apariencias indican que debe ser así, pero ¿en dónde podríamos encontrar la fuente de dichas decisiones inteligentes?

La cuestión sigue estando en los nucleótidos; estos son los que cambian la secuencia de su formación, son los que inequívocamente provocan las grandes mutaciones positivas (así como las mutaciones negativas). Todas las evidencias señalan a los nucleótidos como los únicos responsables, pero está claro que ellos no pueden ser inteligentes en forma alguna; algo los tendría que dirigir para ocasionar cambios organizados en la Naturaleza. Si hubiera algún tipo de inteligencia orgánica inmiscuida en el asunto, en todo caso, ésta debería estar por encima de los nucleótidos para estar en condiciones de coordinarlos a todos ellos; y aunque arriba de los nucleótidos está la célula, tampoco hay manera de sustentar que pudiera existir inteligencia orgánica en una célula en particular; ello sería absurdo. Para terminar pronto, no parece haber una inteligencia orgánica ni en los tejidos, ni en los órganos ni en ninguna otra parte del cuerpo de un ser viviente. El concepto “inteligencia orgánica” es una falacia.

Pero la presencia de una inteligencia sigue siendo obligada para entender a la Evolución, razón por la cual a continuación voy a presentar una hipótesis completamente revolucionaria:

  La respuesta para entender los cambios en la secuencia
de los nucleótidos podría encontrarse en los átomos.


Un nucleótido, a final de cuentas, es una molécula orgánica compuesta por una compleja red de enlaces atómicos, es decir, está constituida por átomos. La guanina, por ejemplo, tiene 5 átomos de carbón, 5 de hidrógeno, 5 de nitrógeno y uno de oxigeno. ¿Qué es lo que hace que se formen precisamente así esos átomos? Es indiscutible que los átomos tienen que salir de alguna parte para reunirse con otros átomos de distinta naturaleza para formar moléculas nuevas; estas moléculas no son imperecederas como lo pueden ser las inorgánicas. Basado en lo anterior, cabe preguntarse si los mismos átomos podrían ser los encargados de transformar la composición de los nucleótidos para cambiar completamente su naturaleza, como por ejemplo, que una guanina pudiera pasar a ser una tiamina (modificando de inmediato una secuencia de ADN). Sí, efectivamente, estoy conjeturando que los nucleótidos podrían sufrir mutaciones en sí mismos al perder o ganar átomos.

Es un hecho que la excitación espontánea en los átomos ocurre eventualmente y no solamente cuando son expuestos al calor o a la presencia de cualquier otro agente inductor de cambio. La razón anterior hace que me pregunte si los átomos son capaces de moverse libremente por sí mismos, como si fueran inteligentes, es decir, que su excitación no fuera precisamente espontánea y que, por consecuencia, persiguieran un plan determinado. Desde luego, nadie le concedería una sola posibilidad a la idea de que los átomos pudieran tener inteligencia en forma individual o una voluntad propia; las partículas atómicas, al igual que las moléculas, por muchas razones lógicas, no podrían ser dueños de sus propios movimientos y, por lo tanto, no podrían ser señalados como “autores intelectuales” de la evolución genética.

No obstante lo anterior, insisto, bajo esta hipótesis de cualquier manera la mutación de moléculas orgánicas tendría que ocurrir por causa de desplazamientos atómicos, y si los átomos no son inteligentes en absoluto, entonces la pregunta vuelve a ser la misma:

 
¿Dónde estaría la inteligencia que dirige y coloca en su lugar a los átomos?

 
  A continuación voy a cerrar un enorme círculo porque en este punto es necesario recordar la teoría metafísica de mi primer libro, en la cual propongo que el Universo material debe estar entrelazado con otro Universo paralelo de naturaleza espiritual (el Universo del No Ser) y que ambos están conectados por medio del átomo. Si es acertada la idea de que las partículas atómicas son como terminales conectadas a un mismo servidor universal, entonces este servidor es el que debe dirigir a los átomos para que construyan o modifiquen determinados nucleótidos.  


¿Estoy hablando de un Matrix Universal? Desde luego que sí. Lo que yo llamé “El Campo” o la “Dimensión Espiritual” en mi primer libro, también puede ser considerado como un Matrix universal; de hecho, para simplificar las cosas, nos podemos referir a él con el mismo y antiguo nombre que la especie humana ha usado desde que la conciencia existe, por supuesto, estamos hablando de Dios.

Aquí debo hacer un rápido paréntesis para precisar que históricamente el hombre ha mantenido a Dios y la idea del “Más Allá” como dos conceptos distintos y completamente separados (Dios como un Ser y el Más Allá como otra dimensión). Mi cosmogonía, en cambio, considera que ambos son exactamente lo mismo, lo cual puede marcar un hito teológico muy importante: Dios debe ser en sí mismo una Dimensión (esta idea igualmente será muy útil para comprender ancestrales dudas acerca del alma, un tema discutido en el siguiente inciso). Además, me queda claro que mi obra puede entrar en el catálogo de tantas teorías creacionistas que ya orbitan por el mundo pero lo menos que quisiera es que se me llegue a confundir con alguna corriente de creacionistas religiosos. La realidad es que yo jamás he creído que Dios intervenga en la evolución del Universo como si Él fuera un mago barbado –sentado en una nube lejana- por medio de una varita mágica, no, en absoluto; no considero que Dios sea una entidad separada de nosotros, por el contrario, yo sostengo que Él está entre nosotros porque Él es la Totalidad -al estilo Hegeliano- y creo firmemente que el Altísimo produce transformaciones en nuestra realidad desde adentro, tocando lo más íntimo de la sustancia terrenal desde Su dimensión.

Desde luego, parece una solución muy fácil el decir que una Divinidad inteligente es la encargada de dirigir los cambios evolutivos en el Universo entero por medio del átomo, pero en realidad no es nada sencillo cuando recordamos que esta Dimensión Espiritual (Dios) debe ser de naturaleza etérea o insubstancial, que es igual a decir que equivale a nada, (si seguimos una lógica rigorista, como se explica en mi primer libro ). Si tenemos a una dimensión etérea imposible de “tocar”, entonces, ¿de qué manera logra hacer contacto con los átomos de nuestro mundo real?, porque, a final de cuentas, debe existir un punto de enlace que sea común para ambas dimensiones, es decir, en alguna parte del átomo debe estar infiltrada una terminal proveniente del “más allá” o bien, al contrario, un componente del átomo debe estar insertado en la otra dimensión de manera que exista una influencia de la una hacia la otra. ¿Será posible algún día demostrar la existencia de esta “Conexión Divina”? Aquí es donde reside una gran dificultad física y metafísica por resolver; el más grande de todos los misterios.

El átomo es todo un universo en sí mismo; es un microcosmos complejísimo; así es que será necesario hacer una detallada disección de esta minúscula partícula para tratar de localizar a ese enigmático punto de contacto –la conexión divina- donde se entrelazan las dos dimensiones que conforman el Todo. Esperen mi siguiente publicación.

Sugerencia: Para poder comprender mejor el resumen anterior, es preferible tener conocimiento de la base filosófica incluida en mi primer libro “El Origen del Universo”, de manera que tú, estimado lector, puedas familiarizarte con mi hipótesis acerca de la naturaleza y características de la Dimensión Espiritual Divina.

Tus comentarios son bienvenidos: luisoscar444@hotmail . com (todo junto)


2.- Acerca del Alma, las Emociones y el Instinto de Conservación.

En este trabajo exploro a fondo un problema que T. S. Eliot resumió en dos magníficas preguntas:

“¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido a fuerza de acumular conocimiento?
¿Dónde está ese conocimiento que hemos perdido a fuerza de acumular información?”


La mente humana es un ordenador biológico cuya sola razón de existir era, originalmente, la de proveer nuestra supervivencia; su maravilloso funcionamiento compensó nuestras limitaciones físicas ya que, comparados con otras especies, éramos (y todavía lo somos) mucho más débiles y vulnerables. Este ordenador orgánico que llamamos mente, o cerebro, en los albores de la especie humana estuvo subordinado al instinto de conservación y cumplía su función basado, principalmente, en la información inmediata que proporcionan los sentidos (lo evidente, lo olfativo, lo auditivo, lo gustativo y lo sensorial). No
obstante, al paso del tiempo, nuestro ordenador biológico desarrolló un código que conocemos como lenguaje (y después el de la escritura), con lo cual logró transmitir los conocimientos adquiridos a otros ordenadores humanos, consiguiendo con ello la acumulación exponencial de datos a medida que éstos pasaban de generación en generación.

Es un fatal error creer que nuestro cerebro ha evolucionado biológicamente a través de los últimos diez mil años de civilización humana, porque no es así; ha acumulado muchísima información, eso es cierto -y más ahora que tiene contacto con tantas fuentes emisoras- pero biológicamente es el mismo ordenador natural que teníamos desde hace cientos de miles de años, de hecho, no parece estar preparado para manejar tanto conocimiento. La mente humana es un ordenador frágil que se confunde con mucha facilidad, como si careciera de un mecanismo eficiente que la ayude a reconocer datos erróneos que no tienen el mínimo sustento con la realidad. Ciertamente, sí posee un dispositivo que mueve al sistema a verificar con sus propios sentidos la información que pudiera ser virulenta o falsa que proviene de otros ordenadores biológicos (de otras personas) pero, lamentablemente, ese dispositivo al parecer permanece apagado la mayor parte del tiempo. Aún aquellas personas que presumen tener mentes críticas, a veces son incapaces de cuestionar la religión o el sistema político que las rige, a pesar de que están conscientes de que tales ideas les fueron impuestas por otros ordenadores de antigua generación que podrían haber estado equivocados o tal vez, que simplemente retransmitieron una información ficticia que también ellos recibieron desde tiempos inmemoriales. Sobre todo, es muy difícil eliminar los programas que son insertados en la infancia, cuando la mente es virgen y completamente moldeable; las religiones, por ejemplo, son un poderoso programa insertado en los primeros años de edad y por ello no muchas personas deciden cambiar a otro credo en la edad adulta.

El ordenador humano ya no está cumpliendo con la función original que debía cumplir y se está convirtiendo en una verdadera amenaza para la supervivencia de la especie humana. Lo que está ocurriendo con la mente del hombre es parecido a lo que sucedió en aquella famosa película de Stanley Kubrick, 2001 Odisea en el Espacio, donde la evolucionada computadora de la nave –llamada HAL 900- comenzó a regirse por si sola, provocando la muerte de los astronautas a los cuales debía proteger. El ordenador humano, igualmente, parece haberse emancipado del instinto de conservación al que debía servir para "volar" por su cuenta y hacer lo que le de la gana; la caprichosa mente ahora empieza a tomar peligrosas decisiones que ponen en riesgo la existencia misma del organismo que la alberga. Si una idea virulenta logra capturar la frágil voluntad del ordenador de un ser humano, éste puede llegar al extremo de ponerse a trabajar gratuitamente a favor de una causa estúpida, regalar todas sus posesiones o entregar la vida misma.

Si un solo hombre quiere trabajar gratuitamente para un partido político, o si decide entregar toda su fortuna al pastor de su iglesia, es un asunto personal que no tendría por qué preocuparnos, pero en el momento que un masivo conjunto de mentes humanas está apoyando ideas y causas que son aparentemente nobles y justas pero que están completamente equivocadas o que son falsas, entonces debemos prender los focos de alerta. Es imperativo que nuestra mente vuelva a estar al servicio del instinto de conservación; debemos regresar al más elemental sentido común y revisar cuáles son realmente los mandatos de nuestra naturaleza interna.

El instinto podría definirse como el conjunto de reacciones emocionales básicas que experimentan los seres vivos del reino animal ante una circunstancia anómala o peligrosa y cuya finalidad es la de impulsar a la mente a actuar rápidamente para resolver dicha eventualidad. Si una situación produce miedo, coraje o celo (no solo en su acepción sexual*), entonces la mente debe hacer todo lo necesario para aplacar tales emociones para regresar a la tranquilidad. La mente, repito, debe estar al servicio del instinto cuando se trata de asuntos vitales.

Me llama la atención que en algunos textos de biología las emociones sean consideradas como una reacción a determinadas causas fisiológicas (glándulas endocrinas y sistema nervioso), pero tal enseñanza es un error, porque la realidad es completamente a la inversa, es decir, las respuestas orgánicas ocurren como resultado de experimentar ciertas emociones. Es muy importante que tengamos esto en cuenta.

Charles Darwin tenía razón al afirmar que las emociones son innatas, pero también pensaba que son heredadas y en esto no estoy de acuerdo. Ciertamente, si los distintos individuos de un determinado linaje tienen las mismas características genéticas, es comprensible que su manera de reaccionar orgánicamente sea similar ante la influencia de una misma emoción (por eso, precisamente, las emociones parecen heredadas), pero el problema aquí, como ya vimos, es que las emociones no parecen tener un origen orgánico. El coraje, el miedo y el celo son emociones puras y universales porque podemos encontrarlas en todo el reino animal y no solo en una estirpe en particular; además, estas emociones parecen ser inmutables a pesar del distinto grado de intensidad con el cual las manifieste cada especie, raza o individuo; dicha diferencia en intensidad no es atribuible a la calidad intrínseca de las emociones en si mismas, sino a la naturaleza hormonal y energética que posea cada ser vivo para poder encarnar e interpretar una emoción. Las emociones son un misterio porque nadie sabe en realidad de dónde provienen.

No falta quien arriesgue la idea de que las emociones son una expresión del alma (en caso de que tuviéramos una), porque ésta sería la más interesada en mantener la supervivencia del cuerpo que la alberga, ya que de lo contrario se vería forzada a emigrar. Aquellos que creen en la existencia del alma dirían que ella es la que nos da movimiento, la razón de que estemos vivos, o mejor aún, dirían que ultimadamente ella es la única que en realidad está viva; de ahí que pueda inferirse que el alma debe ser la que promueve la preservación del cuerpo por medio de ese peculiar lenguaje emocional. Por supuesto, aquí queda implícita la aceptación de que todo ser vivo del reino animal posee un alma y no solo los seres humanos.

Debo confesar que la idea me agrada muchísimo y que casi estoy de acuerdo con ella, pero la misma cosmogonía que concebí en la teoría del Gran Rayo -para explicar el origen del Universo- me obliga a mantener una diferencia especulativa muy importante acerca del alma, que me parece pertinente explicar en este momento.

Es una creencia muy antigua la idea de que los seres humanos tenemos un alma personal e individual, misma que cuando sale del cuerpo se lleva con ella todos los archivos que estaban guardados en la mente (identidad, recuerdos, etcétera); esta concepción del alma está muy extendida por el mundo entero, a pesar de que debería ser más fácil creer que todo lo que sabemos acerca de nosotros se pierde al morir, cuando muestro cerebro se convierte en polvo. Todos los creyentes están convencidos de tener un alma personal, pero ¿Qué opinarían ellos si yo les dijera que no hay tal cosa llamada "alma individual o personal"?, ¿qué pensarían si yo les asegurara que únicamente existe una sola alma universal que es común para todo mundo? Obviamente que esto es algo muy difícil de demostrar, pero tengo buenas razones para sospechar que estoy muy cercano a la verdad; a continuación voy a exponer mi punto de vista y para ello tendré que remitirme una vez más a las explicaciones que hice en mi primer libro "El Origen del Universo, Eternidad e Infinito", donde propongo que el Universo material debe estar entrelazado con otro Universo paralelo de naturaleza espiritual (la Dimensión Espiritual) y que ambos están conectados por medio del átomo. En especial es muy importante tener en mente algunas ideas de mi segundo libro, "El Origen de la Vida", en el cual llegué a la conclusión de que Dios y la Dimensión Espiritual son precisamente lo mismo:

 
históricamente el hombre ha mantenido a Dios y la idea del "Más Allá" como dos conceptos distintos y completamente separados (Dios como un ser y el Más Allá como otra dimensión). Mi cosmogonía, en cambio, considera que ambos son exactamente lo mismo, lo cual puede marcar un hito teológico muy importante: Dios debe ser en sí mismo una Dimensión.
 

Por lo anterior es que sostengo que no existen almas individuales ya que únicamente hay un Alma Universal colectiva, que es la ya mencionada Dimensión Espiritual de Dios. El argumento que puedo presentar es muy sencillo: si el espíritu de Dios está en todas partes (infinito) ¿dónde podrían estar ubicadas nuestras diminutas almas individuales? Lógicamente, si visualizamos a nuestras almas como pequeñas pompas de jabón flotando por ahí, ellas no podrían estar "fuera" de Dios, ya que si Dios se encuentra en todo lugar, entonces las almas individuales deberían permanecer "en su interior". Afuera de Dios no podría haber nada. ¿Es acaso el Todo Poderoso como un enorme contenedor de almas individuales? Se me dificulta imaginar esa representación. Por otro lado, hay que tomar en cuenta que Dios también es eterno, de hecho, si llevamos este asunto hasta sus últimas posibilidades entenderemos que Dios es la única entidad espiritual que podría ser eterna (ver mi libro "El origen del Universo, Eternidad e Infinito" pag   ). Está claro que casi todo mundo se apega a la creencia de que su muy particular alma es eterna; y si bien esta eternidad la proyectan generalmente hacia el futuro –suponen que jamás van a dejar de existir espiritualmente- el problema es que la eternidad perseguida hacia le pasado es muy escurridiza. Al final es inevitable llegar a la conclusión de que es imposible concebir a dos o más almas con la cualidad de eternas (ver página   de mi libro).

Ahora bien, si le damos una oportunidad a la idea de que el Universo Material y el Universo Espiritual son dos dimensiones ensartadas una dentro de la otra y que ambas están unidas por medio del átomo, resultaría que toda partícula de materia estaría conectada al Más Allá (o sea, a Dios). En consecuencia, cada átomo de nuestro cuerpo recibe la Energía Espiritual Divina que nos mantiene en movimiento. La palabra "ánima" viene del latín animare, que significa movimiento, pero tal vez las "animas" de los seres vivos no sean individuales como parece. Es muy probable que los seres vivos seamos como luminarias que alumbran las calles de una ciudad: todos estamos conectados a una misma central de poder. El Espíritu de Dios fluye a través de cada átomo de nuestro cuerpo y esa es la fuerza que nos mantiene con vida. Yo no encuentro nada aterrador en la idea de que al morir simplemente quedemos separados de la Fuerza Divina, como una línea telefónica que queda desconectada a la central. Cuando morimos la Energía que nos mueve sencillamente deja de estar en nosotros pero al final, lo que realmente importa es que dicho Espíritu Celestial seguirá existiendo eternamente. Algún día entenderemos que solo Dios puede ser eterno y que eso está muy bien, que todo cuanto hay es parte de Dios y que solo Él es el que existe. La mente humana, que parece estar diseñada para resolver problemas, logró dar una muy ingeniosa solución a la angustia que significa la muerte: se inventó una vida después de la vida, en un Más Allá paradisiaco. La mente, no contenta con haberse inventado un yo virtual que habita un mundo igualmente ficticio (recreado con esas imágenes mentales que se proyectan como una película solo dentro de nuestra cabeza), tuvo la soberbia y la osadía de imitar a Dios, atribuyéndose a sí misma un carácter eterno. El ego falso es increíble.

Pero bueno, me parece que ya me he desviado demasiado del tema principal que nos ocupa. Recordemos que aún nos queda pendiente tratar de dilucidar qué fue lo que realmente nos quiso decir T. S. Eliot cuando nos preguntó: "¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido a fuerza de acumular conocimiento?, ¿dónde está ese conocimiento que hemos perdido a fuerza de acumular información?". A continuación me voy a permitir aventurar lo que yo puedo interpretar de tales preguntas, basado, por supuesto, en todos los antecedentes que he venido explicando:

 
El conocimiento que hemos perdido está ubicado justamente en el Alma Universal que nos da la vida. Esta sabiduría se manifiesta por medio de las emociones básicas* en todo el reino animal y su finalidad es generar reacciones biológicas para impulsar a la mente a resolver problemas relacionados con la supervivencia.
 

¿Y por que nosotros, los humanos, parece que hemos perdido este conocimiento?

 
En realidad no lo hemos perdido; la sabiduría instintiva sigue estando ahí, pero simplemente no podemos oírla. El problema es que la mente humana maneja tanta información chatarra y tantos conocimientos virtuales que ahora está terriblemente aturdida; nuestra mente está confundida y es incapaz de escuchar los mensajes vitales que emanan de nuestra Alma Universal.
 

Si los medios de comunicación masivos nos están confundiendo, si nuestras creencias místicas enseñan fundamentos que no tienen una finalidad social práctica de progreso, si el régimen político en que nos basamos es nefasto, entonces ello solo demuestra que hemos permitido a la mente inventar sistemas de vida y de información que ya no están en acuerdo con las leyes de la naturaleza y el sentido común. (Nótese que el concepto de Espíritu Universal común tiene una correlación muy íntima con el término sentido común). Lo que necesitamos es acallar a nuestra mente y guardar silencio para volver a escuchar a la Dimensión Espiritual.

La pregunta que no puedo dejar de hacerme es la siguiente: si pudiéramos racionalizar los sentimientos que emanan del Espíritu Universal, ¿cuál sería su mensaje fundamental?

Supongo que la primera recomendación del Alma Universal está encerrada en esa misma frase que usamos con tanta frecuencia, "instinto de conservación", la cual es: ¡consérvate!, ¡vive!, ¡existe!, este es un mensaje irracional elemental que puede interpretarse como una invitación para que cada individuo se prepare, se supere y mejore con el objeto de cumplir con el mandato de preservación, pero si profundizamos un poco más en la idea podemos comprender que el mensaje último y más sabio del Creador puede ser el siguiente: "Has lo correcto". Creo firmemente que debemos tomar decisiones correctas para que persistamos nosotros, en lo individual, pero también esta idea debe extenderse a nuestra familia, nuestro pueblo, la humanidad entera y, en términos más amplios, al ecosistema de la tierra. Hacer lo correcto no puede alcanzar su máxima dimensión Divina si no es con el fin de perseguir el ideal de un mundo mejor, donde finalmente reinen el bienestar, el orden y la justicia; me queda claro que el mandato de Dios es que debemos construir el Paraíso aquí mismo, en la tierra, para todos los seres vivientes.

Sugerencia: Para poder comprender mejor el resumen anterior, es preferible tener conocimiento de la base filosófica incluida en mi primer libro "El Origen del Universo, Eternidad e Infinito" de manera que tú, estimado lector, puedas familiarizarte con mi hipótesis acerca de la naturaleza y características de la Dimensión Espiritual Divina.

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* El celo comprendido como una emoción que nos mueve a cuidar, atender, ser cauto, desconfiar, ser diligente, etcétera. Me llama la atención que los expertos en el tema de las emociones instintivas no consideren al celo como una emoción básica y, en cambio, incluyen a la felicidad y a la tristeza, lo cual es un error, ya que dichas emociones solamente son experimentadas por animales con cerebros más desarrollados y no por el reino animal en su totalidad. Hay otros que suponen que el deseo alimenticio también es una emoción elemental, pero en realidad la sensación de hambre tampoco es tal, ya que la intensa necesidad de comer solo puede provocar coraje –emoción verdaderamente básica- y que es en realidad lo que mueve a un animal a buscar su alimento.

** Emociones como el amor, la vergüenza, la culpa, etcétera, son emociones compuestas y derivadas de las básicas y ocurren porque tenemos una mente avanzada que es capaz de recordar el pasado y de imaginar escenas del futuro. En mi tercer libro incluyo mi propia clasificación de las emociones.
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DERECHOS RESERVADOS. Los tres trabajos literarios enlistados arriba son capítulos que pertenecen a un mismo libro cuyos derechos de autor fueron registrados en la República Mexicana con el título “La Metafísica del Irracionalismo”, en el año 2001; serán publicados en el futuro individualmente.
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